FOTO: Juan Pablo Rueda – EL TIEMPO

Centralismo, clientelismo y paz: ¿es hora de hablar de un nuevo federalismo desde las regiones?

En una conversación informal con el alcalde de La Tebaida, Quindío, José Vicente Young, una expresión a manera de desahogo, me dejó una profunda preocupación.

Afirmaba José Vicente: “uno se va para Bogotá con un maletín lleno de ilusiones, y regresa con una maleta llena de decepciones”, y continuó diciendo; “y la pregunta que me hicieron, después de creer en que las ilusiones que llevaba eran posibles, fue ¿Quién es su padrino político?, los proyectos están muy buenos pero sin padrino, esos proyectos son como las tortugas patas arriba”.

La conversación fue contundente y demostró lo invisibles que pueden ser las regiones para el gobierno central y lo clientelares que pueden ser las prácticas políticas centralistas.

Esta preocupación me ha llevado a hacer un cúmulo de preguntas de las que puedo sintetizar algunas; ¿logran conocer las verdaderas necesidades de las regiones desde el gobierno central?, ¿son suficientes las visitas esporádicas de los ministros a las regiones?, ¿no aumentan los costos a la democracia la engorrosa transacción que tienen los gobiernos locales en hacer lobby en las entidades nacionales?, ¿los Representantes a la Cámara o los Senadores logran una fuerte representación de los intereses regionales a pesar de sus esfuerzos conjuntos con los alcaldes y los gobernadores?

Después de una revisión juiciosa que he venido adelantando hace ya varios meses, puedo decir que lo que se requiere en Colombia es una descentralización mucho más radical, tanto en el plano administrativo como en el fiscal. Esto, debido a que en el marco del Posacuerdo de la Habana, la transformación de un conflicto armado de carácter nacional se ha traducido en la multiplicación de conflictos sociales en las regiones, para las que la capacidad de encuentros territoriales para la consolidación del Plan Nacional de Desarrollo es insuficiente.

Sin duda, la paz total es un propósito y un clamor de toda la Nación; pero, dicha paz no puede ser comprendida como la erradicación de las violencias por un acuerdo entre los actores armados con el gobierno central, sino que, su sentido profundo reside en el adjetivo calificativo que emerge al sustantivo Paz, esto es; para que sea completa debe ser total. Lo que supone atender las necesidades reales de las causas sociales de dichos conflictos en cada una de las regiones y los territorios. Lo que reclaman las regiones es simple: dejar de ser invisibles. Eso es justicia social.

A pesar de los muchos beneficios que ha traído el modelo constituido en la carta de 1991 del Estado Unitario Descentralizado, apropiado del modelo francés de la década de los ochenta, las condiciones actuales lo hacen insuficiente para comandar la Nación bajo los principios de la justicia, la libertad y el desarrollo. Pensar en un modelo federal puede ser el paso siguiente para profundizar dicha descentralización sin romper la unidad nacional.

En efecto, mayor autonomía regional se traduce en mayor gobernabilidad, asumiendo esta como la capacidad de respuesta de las instituciones a los ciudadanos de manera más cercana. No es otra cosa más que un valor agregado a los procesos electorales de orden nacional y por, sobre todo, una tercera vía que da voz y auxilio a las muchas reclamaciones sociales que establecen, desde los diferentes territorios, la agenda política nacional en lo concerniente a una radicalización de la democracia.

Antes de empezar en el debate jurídico sobre una Asamblea Constituyente, el primer paso reside en radicalizar unas reformas suficientes que amplíen las capacidades de los ejecutivos regionales mucho más allá de una sumatoria de memoriales de agravios que se acumulan en los despachos de los diferentes ministerios.

La paz total es empoderar a las regiones y a los ciudadanos no sólo en los procesos electorales, sino también, en su capacidad de decidir sobre sus dinámicas de desarrollo en espacios socioculturales diversos.

Colombia es un país que durante los siglos XIX y XX mantuvo la intermitencia sobre la viabilidad de cuál sistema era mejor (unitario o federal); este debate no es tema superado, ahora más que nunca debe concentrar todas nuestras energías; ¿no sería capaz Colombia de radicalizar su descentralización en una Constitución Federal en el que la fortaleza de la Nación no sea una sumatoria de departamentos, sino una nueva comprensión de la soberanía desde las regiones, en el marco de una cooperación constante entre ellas?, ¿no supone una nueva comprensión fortalecida de la integralidad del territorio?

Pablo Jaramillo Arango
Candidato a Doctor en Estudios Políticos y Jurídicos